No hay cántaro, río ni cielo que apacigüe
la sed que te arropa — tan honda, constante.
Te llenan la copa, rebosa, se cae...
y tu alma aturdida, ni un sorbo la atrae.
No te sabes contener, ni un solo segundo;
te lanzas al viento buscando tu mundo.
Te vistes de fuego, de encanto, de “mírame”,
pero ni tú has logrado saciarte.
Repites “me adoro” con voz de conjuro,
como eco que grita en un pozo oscuro.
Y yo, frente a ti, sin saber si ese canto
era un rezo pa’ mí... o pa’ tu propio quebranto.
Te filtras despacio, como hiedra en la grieta,
succionas los sueños, y los haces tuyos,
los moldeas a tus ideas, creando libretos,
dando direcciones hacia tu rumbo.
Me perdí — sí — pero no como antes;
esta vez supe que era por instantes.
Y ahora me encuentro de pie, con sentido,
con libertad y el corazón encendido.
Tú, tan corderita en escena y papel,
pero el tiempo a la larga, desgasta tu piel.
Cada día, tus dudas tejen telarañas,
y enredan a otros con falsas hazañas.
Tu humor es un dardo cubierto en dulzura,
una risa que hiere con falsa ternura.
Tus chistes no buscan que el alma sonría,
son filos que cortan de noche y de día.
Desangras la presa sin dejar que muera
porque ¿qué parásito sobrevive sin huésped?
No sabes valerte, no sabes vivir
si no hay una víctima de quién consumir.